post-title Un jarrón chino llamado cámaras de comercio https://elfaroastorgano.com/wp-content/uploads/2021/06/OPINIÓN.png 2022-08-05 17:18:41 yes no Publicado por Categorías: Opinión

Un jarrón chino llamado cámaras de comercio

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Un jarrón chino llamado cámaras de comercio

A los pocos años de dejar de ser presidente de Gobierno, los periodistas seguían, y siguen haciéndolo después de lustros, abordando a Felipe González para recabar su opinión sobre los más variados asuntos. En aquel momento, como ahora, esas opiniones, expresadas sin el yugo que impone la jefatura del ejecutivo, a menudo escocían a propios y ajenos. Fue entonces cuando el sevillano acuñó una expresión célebre: “los ex presidentes de gobierno somos como los grandes jarrones chinos en apartamentos pequeños. Se supone que tienen valor y nadie se atreve a tirarlos a la basura, pero en realidad estorban en todas partes”.

Algo parecido le está pasando a buena parte de las cámaras de comercio de toda España, especialmente en la última década. Desde que las cuotas camerales que cada empresa estaba obligada a pagar a la cámara de comercio de su demarcación dejaron de ser obligatorias, su relevancia ha ido cayendo a pasos agigantados y su autonomía, como gestoras de un recurso propio, ha quedado reducida a escombros. Eso sí, como la metáfora del jarrón chino, pertenecen a un pasado venerable y de un prestigio indudable y por eso ahí siguen; estorbando (y costando dinero público) a la espera de que alguien las vuelva a poner en valor.

Se me dirá, y es cierto, que hay lugares con mucho músculo empresarial donde incluso se siguen haciendo aportaciones voluntarias a las cámaras de comercio (algo que la ley prevé) y éstas continúan ofreciendo servicios potentes como la formación, la asesoría o la promoción económica de sus demarcaciones. Pero tampoco nos engañemos: son las menos y solo en lugares de mucha pujanza donde ha habido capacidad y conocimiento para adaptarse a la nueva situación.

De vivir de las cuotas de sus empresarios y ser, por tanto, soberanas de un presupuesto, han pasado a vivir, como tantos otros colectivos y corporaciones que constituyen el tejido social del país, de los fondos públicos. Por poner el ejemplo que tenemos más cerca, la Cámara de Comercio de Astorga, con sus propios datos colocados en la pestaña de transparencia de su web, tiene un presupuesto para 2021 (el último disponible) de 231.723 euros; de los que 21.250 corresponden a recursos propios. Poco más del 9%. Todo lo demás, son fondos públicos que llegan desde diferentes vías de asignaciones, subvenciones o cualesquiera modulación terminológica que usemos para denominar el maná del dinero de todos. La de Astorga es quizás, un caso extremo, pero hay muy pocas entidades camerales capaces de vivir de sus recursos en más de un tercio de su presupuesto.

De hecho, buena parte de esos recursos propios de la Cámara de Comercio salen precisamente de ser “casera”: algo más de 16.000 euros de ingresos por cesiones de estancias del inmueble de la entidad y del vivero de empresas del polígono industrial.
Sin la decisión tomada a principios de los 90 de dotar a la Cámara de Comercio de Astorga de una sede propia trasladándose del piso arrendado en la plaza de San Miguel, hoy la Cámara no tendría siquiera esos magros fondos. Aquella cámara cumplió con las expectativas que se esperaban de ella: lideró la generación de marcas de calidad como las IGP de mantecadas y cecina, colaboró con el Ayuntamiento en la creación y sucesivas ampliaciones del polígono industrial y dinamizó el resurgir económico que vivió en la última década del siglo pasado en la ciudad. Seguramente tendrá en su debe algunas cosas, como haber mirado en exceso para el ombligo astorgano y abdicar de su vocación comarcal, pero el balance es positivo a todas luces.

Hoy la entidad sigue viviendo de aquellas rentas. Sus representantes en la sociedad Promoción Industrial de Astorga anunciaron esta semana que la abandonan. Su ausencia no se notará en exceso a tenor de la escasa aportación que desde esta entidad ha habido en la última década. Y no es una impresión; la estadística de la actividad económica de la ciudad y la comarca muestra una línea claramente descendente; “como la de toda la provincia y la comunidad”, se me podrá decir. Aun dando por buena la apreciación asumiremos que como mucho, no somos mejores que los malos.

Su actividad ha quedado limitada a ser correa de transmisión de algunos cursos de formación, que habitualmente son impartidos por cazadores de subvenciones y de cuya aplicabilidad laboral al tipo de empresa habitual en esta demarcación tampoco hay demasiada evidencia y a intermediaria de “misiones” de ignoto retorno económico como acudir a la feria de Gijón o ser anfitriona de una representación de la Federación Rusa que no consta haya derivado en negocio alguno.

Todo esto son datos que se conocen públicamente de la entidad, pero no de primera mano porque desde la semana pasada, esta Redacción no recibe las notas informativas de la Cámara de Comercio. Dado que en más de un 90% su presupuesto sale del dinero público, al menos a esta empresa le correspondería la parte alícuota del 90% de las notas emitidas porque de los impuestos que Edypsa sí paga también sale la financiación de la propia entidad. Una vez recibidas, como ocurre con las de las administraciones nacional, autonómica, provincial y local, le daría el tratamiento informativo que considerase oportuno. Pero privar a un medio de esa información no parece muy transparente.

Después de lo dicho, podría parecer que las cámaras de comercio son un elemento a extinguir. Quizás, pero volviendo a la metáfora de Felipe González, a nadie se le ocurre tirar un jarrón chino a la basura “por si al final vale dinero”, lo que deberemos hacer más que buscarle un sitio donde no estorbe, es buscarle una función.

Enrique Ramos Crespo

OPINIÓN